En Cantalejo parece que no hay una estación entre el verano y el invierno. Parece que pasamos de estar chapoteando en el río y la piscina a tener que echar sal en las aceras para no resbalar.

¿Estáis de acuerdo? En Cantalejo para utilizar una chaqueta de “entretiempo” no hay momento y es que en un abrir y cerrar de ojos el frío se apodera de Segovia y se empieza a mirar con recelo las noticias suplicando que no haya nevadas ni heladas que compliquen la vida más allá de elegir los guantes, gorro y bufanda que mejor quedarán con el abrigo.

Y es que cuando el sol se va en Cantalejo se experimentan muchas cosas. La primera consecuencia, que creo se puede extrapolar a todos los pueblos, es que la afluencia de gente baja y mucho. El pueblo ya no es el destino favorito para cada fin de semana. Ahora cuesta días calentar una casa, prácticamente cuando empiezas a calentar la casa, llega el domingo y te tienes que ir, lo que hace que cada familia se piense mucho el ir.

Las conversaciones en el supermercado, iglesia, casino, mercería, panadería, etc, están acaparadas por el tiempo. Es inevitable, hace frío y hay que comentarlo como si no fuera algo evidente.

Otra de las cosas que empiezan a cambiar y a que a mí personalmente me gusta mucho, es que las chimeneas comienzan su “agosto” y comienzan a funcionar a pleno rendimiento. Ese pasear por las calles del Vilorio y que huela a chimenea, confieso que es algo que me conquista de mi pueblo. Llegar a alguna casa y arrimarte a la lumbre es un acto casi inconsciente, aunque a los pocos segundos tengas que retirarte de la alta temperatura. Siempre recuerdo ir a casa de mi amiga María y a su abuelo echando leña a la chimenea, la tenía siempre a punto, ¡qué maravilla!

Y las castañas… ¿Qué me decís de las castañas? Aunque como digo en cuanto a sensación de frío, el otoño en Cantalejo brilla por su ausencia, en casa de mis abuelos asar castañas era casi un ritual. Eso sí, no libre de percances. Cuentan en mi familia, que gracias a la no destreza de mi abuela a los fogones (ya os he hablado de eso alguna vez), comenzó a asar castañas sin hacerles la apertura necesaria y… aquello fue como un bombardeo a pequeña escala donde hay quien gritaba ¡cuerpo a tierra! Afortunadamente no hubo daños físicos, sí materiales. Y es que ese sabor a castaña asada es tan maravilloso que hasta quemarse las manos al pelarlas compensa.

Y lo que no cambian son los pelotones de personas que son fieles a su paseo bien diurno o nocturno, nieve, llueva o hiele. Valientes comprometidos con su caminata. Así como tampoco cambia que se empiecen a ver por los pinares a buscadores de níscalos capaces de recorrer kilómetros cabeza abajo buscando este hongo tan preciado por la comarca.

Bendito no otoño cantalejano, y bendito tú Vilorio que haces de las cosas más pequeñas las más entrañables.

¿Qué es mejor, que las cosas cambien o que no?

Otoños que parecen inviernos en Cantalejo
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