Mi momento favorito del año, pasar tiempo de verano en el pueblo. Seguro que no soy la única a la que le ocurre, decidme que no soy la única.

Cuando pienso en un verano en el pueblo tengo la misma ilusión que cuando era pequeña, pero no la misma disponibilidad. Ya sabéis, las obligaciones te atan y te limitan el tiempo. Pero lo que tengo claro es que no concibo un verano sin ir a Cantalejo, no existen vacaciones si no son para pasar unos días en mis fiestas queridas, como mínimo del 14 al 20 de agosto.

Sé que ya he hablado de lo que Cantalejo provoca en mí y de algún detalle de los largos veranos allí. Pero no puedo dejar de pensar en lo mucho que echo de menos aquello, en lo fácil que era acostumbrarse a pasar dos meses allí y lo difícil que es ahora cuadrar días para coincidir los máximos amigos posibles, crecer y madurar lo llaman…

Y es que como decía Karina en su baúl de los recuerdos, “echar la vista atrás es bueno a veces”. En mi cabeza no hay verano en el pueblo sin ver ese corrillo de abuelas jugando a las cartas. Cita ineludible a la par que entretenida donde los céntimos se pierden y se ganan con el mismo dolor que si fueran millones de euros.

El mejor verano en el pueblo era aquel donde la bicicleta era tu mejor aliado. El medio de transporte por excelencia, cómodo, económico y sobre todo fácil de aparcar (salvo por el momento de encadenarla, alguna que otra pelea con los candados de distintos tipos y modalidades sí tuve). El camino verde en cuestión de 60 segundos era historia. La piscina, el destino favorito y las bolsas sorpresa de 100 pesetas (uf qué lejana queda esta moneda) una auténtica ruleta de la fortuna.

Vas creciendo y los planes cambian. La bicicleta la cambias por una “L” en la luna trasera del coche. Ahora tus destinos cambian, pueblos de al lado, río, presas, Segovia… El límite lo ponía el dueño del coche o el carburante (o ambos).

Y es que cuando eres más pequeño todo es más fácil y si estás en el pueblo y encima es verano, lo es aún más. Decidme cuántos de vosotros no ha deseado volver a ese momento, en el que tu máxima obligación era ir a por el pan obligado por tus abuelos o padres, y el resto era libertad. Cuántos volveríais a esa ilusión del primer amor. A esos paseos a la pastelería para saciar la sed de dulces. A esas noches en las que desde el parque ver a los grupos de mujeres y hombres que dan el paseo nocturno de rigor. Decidme cuánto daríais por vivir un día como los de aquellos.

Sol, amigos, familia, tranquilidad, paz y despreocupaciones. Felicidad.

¿Volvemos? Feliz verano en el pueblo amigos.

verano en el pueblo

Mi querido verano en el pueblo
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