Mis abuelos son los mejores, ¿y los tuyos?
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Maria Valero 03 ABRIL 2017 ,

No esperéis reír a carcajadas (suponiendo osadamente que alguna vez lo hayáis hecho leyendo mis líneas). Hoy mis palabras están por enteras dedicadas a los papás y mamás de nuestros papás y mamás.

Una figura, la de los abuelos, que encarna infinidad de cosas y muchas de ellas sin duda son inexplicables e indescriptibles, y más en un lugar como este.

Y es que por desgracia esas cosas tan especiales que nos provocan los abuelos aparecen en nuestra mente una vez que ellos desaparecen físicamente. Sí, es algo triste pero es real. Cobra sentido aquello de “echas de menos aquello que no tienes”.

Mi abuela materna, Petra, contra todo pronóstico (he venido aquí a romper mitos) no cumplía ni uno de los parámetros de la abuela perfecta, la de manual. Quizás por eso era tan especial y yo disfrutaba tanto de ella. Absolutamente única en su especie. Cualquier alimento sujeto a cocción era maltratado con minutos y minutos de fuego hasta que quedaba tan pasado que cuando ese no era el punto ¡hasta lo echábamos de menos!

La abuela que no te freía un huevo si te quedabas con hambre, directamente te sacaba lo menos saludable que había en la casa, bollos de aceite, “dones” como ella llamaba a los ‘Donuts’ o esa caja de bombones que tan a buen recaudo guardaba en su armario.

Esa que cuando llegábamos de Madrid nos preguntaba qué queríamos de comer y nosotros decíamos “tu arroz abuela”. Y lo hacíamos a sabiendas que estaría pasado y que ni sabríamos qué ingredientes tocarían esta vez. Un arroz sorpresa, que llevaba todo aquello que hubiese en la nevera en ese momento, carne, pescado, verduras… pero que no me digáis cómo, sabía a gloria.

Mi abuelo Paulino en cambio era la persona más opuesta a mi abuela que existía, igual ahí residió el 100% de su éxito como matrimonio, más de 60 años casados se dice pronto. Cariñoso pero con genio, gruñón y con pasión por la comida (podéis imaginaros ahora la desesperación de mi abuelo ante las escasas muestras de habilidad de mi abuela en los fogones).

De él jamás olvidaré aquello de subir a su espalda para cabalgar cual amazona en apuros, cómo liaba sus cigarros que podían estar en sus labios horas y horas, y lo que sufría cada vez que aparecía en la televisión cualquier mención a cárceles, represión o guerras (siempre supe que le recordaba demasiado a sus vivencias como preso en la Guerra Civil, algo de lo que nunca hablaba).

Y es que llevo años añorándolos y recordando todos estos momentos y matices que comento. Llevo demasiado tiempo echándoles de menos.

Por eso, os pido, ruego e imploro encarecidamente, desde los más pequeños a los más grandes, que si tenéis la suerte de contar con vuestros abuelos, disfrutad de y con ellos. Haced que cada día tenga una anécdota, reid y llorad, hacedlo porque es ahora cuando es posible.

Recordadlo todo, grabadlo a fuego en la memoria (o en los tan inteligentes teléfonos móviles). Parad el tiempo y gozad de lo bonito que es tener una persona que te quiere incondicionalmente, para el que todo lo que haces es lo mejor. No paréis de sellar cada día con un beso, un abrazo, una llamada, un gesto o al menos un pensamiento. Cuidad y mantened ese vínculo especial, pero no por miedo a no poder repetirlos, sino únicamente por las ganas de hacer de cada momento un instante memorable sin importar el después. Hacedlo por mí y por todos aquellos que como yo, no podemos volver a hacerlo y solo nos queda tirar de memoria para volver al pasado y sonreír con el recuerdo.

Tu abuelo/a es diferente, especial, único.

Díselo, házselo sentir y conviértete en el espectador privilegiado de la vida, de su vida, de vuestra vida juntos.

¿Ñoña? Sí, sin duda, una vez más, culpable de todos los cargos. Confesémonos para próximos posts y que no nos pille a ninguno desprevenido: Hola, me llamo María, y de vez en cuando la ñoñería se apodera de mí.

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