La vida en el pueblo está acabada
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Maria Valero 16 MAYO 2017 ,

No me odiéis. Os vuelvo a atraer hasta aquí con artimañas en el titular… Culpable otra vez, perdonadme. Pero dadle tiempo a las frases y una oportunidad al pensamiento.

Muchas veces me lo he preguntado, me he cuestionado cómo es la vida en un pueblo, qué oportunidades te brinda un pueblo, una aldea, una villa… Y os engañaría si os dijese que en cierto modo no me lo sigo cuestionando, sobre todo en el ámbito laboral.

Y es que me miro y me pregunto ¿una publicista tendría acceso al mercado laboral en un pueblo? Seguramente y sin temor a equivocarme, no, al menos si quisiera desarrollarme como tal o con algo relacionado con la comunicación (y eso que las nuevas tecnologías lo facilitan todo).

Llamadme frívola, o quizás llamáoslo a vosotros mismos si alguna vez no habéis pensado “quien se queda en el pueblo, ¿qué oportunidades tiene?” o “tengo que irme del pueblo, aquí no hay nada que hacer”, o quizás “en el pueblo no hay futuro”. Seguro que no son frases nuevas para vuestros sentidos…

Pero hace tiempo que no me quedo en la primera capa del pensamiento. Esta siona va más allá. Observo, entiendo y empatizo con que otras formas de vida son posibles, igual de válidas, plenas y satisfactorias. Porque además resulta que la felicidad de una persona (¡oh sorpresa!) no está en la oferta de ocio, ni en el número de semejantes que se encuentre por minuto cruzando una calle, ni en la cantidad de luces que vea encendidas en Navidad.

La felicidad, y sin ánimo de ser el oráculo de Mr. Wonderful (marca y movimiento “inspirador” que me horroriza, todo sea dicho), es mucho más, es sentirse pleno, feliz, sentirse realizado con lo que haces, con lo que sientes, estar a gusto con quien compartes tu tiempo, con quien sonríes, con quien lloras, dando igual el lugar y número de habitantes.

Además, creo que se está experimentando un cambio de pensamiento y actuación. Aquel “la ciudad no es para mí” ha dejado de ser un mero título de película (siempre tuve debilidad por las de Paco Martinez Soria), para convertirse en una opción prioritaria, en un deseo a cumplir.

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Muchos que han vivido siempre en un pueblo (véase el que es el epicentro de esta página web, Cantalejo) no solo entienden a la perfección el ritmo de vida que allí se respira, sino que les gusta y no sabrían vivir de otra manera, a pesar de haber experimentado la vida en la ciudad. Pero es que quienes siempre han vivido en la gran ciudad, ahora buscan otros espacios que les llenen de eso que llaman felicidad, tranquilidad, paz y sosiego, dando igual si tienen que recorrer 70km para acudir a su lugar de trabajo o si tienen que adaptar su oficio a las posibilidades que ofrezca el lugar.

Y es que es algo que veo en mi entorno. Ya no me echo las manos a la cabeza cuando una persona joven desea vivir en el pueblo, ya no me asombra que la gente no quiera grandes edificios, multitud de gente desconocida, transportes cada 5 minutos, infinidad de escaparates y un aire cuanto menos “cargado” (no diré de qué).

No hay sorpresas. De hecho en cierto modo admiro a los valientes que por unas razones u otras optan por dejar de lado lo magno y decir ‘hola’ al pueblo, aldea, villa, poblado…

Lo cierto es que solo con gente así sobrevivirán los pequeños municipios, solo así volverán a llenarse de vida. Pero para ello es necesario, repito, NECESARIO que los ediles, poderes públicos y demás entes capacitados, ofrezcan posibilidades de vida y sobre todo de trabajo (sí, es un tirón de orejas) y no dejarlo todo en manos de pequeños empresarios o autónomos que llegan hasta donde pueden.

La vida en el pueblo no está acabada y desde luego mientras haya gente que viva en él, promueva actividad y luche por su futuro, nunca lo estará.

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