Cantalejo, no te conozco
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Maria Valero 04 MAYO 2017

Tengo 28 años de vida y no conozco Cantalejo.

Desconozco lo que es pasar un largo invierno en Cantalejo, y lo que es vivir el día a día en sus calles y comercios. No sé lo que es ir al centro médico por ponerme mala, y tampoco alcanzo a saber cuál es la oferta laboral del vilorio (si es que la hay).

Nunca he dominado la gacería y tampoco sé lo que es disfrutar del ponche segoviano. Jamás he sabido por qué el acento te cala hasta los huesos ni qué es lo que se siente al ir al pinar a por níscalos.

Nunca y digo nunca me he aprendido más calles de Cantalejo que la mía, la calle del viento y la calle del sol. Tampoco sé qué hay más allá de lo que alcanza mi vista cuando miro al pinar.

No se puede decir que dominara aquello de chiscar la tralla aunque hacía una defensa muy honrosa. No he surcado las aguas del río Duratón montada en piragua y creo que jamás he estado dentro de la Ermita de Nuestra Señora del Pinar (al menos desde que tengo uso de razón).

No, nunca, tampoco…

Pero sí puedo decir algo alto y claro. Sí conozco a su gente, conozco el aire que respiran y las ilusiones e inquietudes que les hacen levantarse de la cama cada día. Comprendo por qué alguno de sus habitantes puede protestar y las injusticias que les podrían hacer movilizarse. Reconozco que las redes sociales facilitan este conocimiento.

Tengo a Cantalejo y sus calles tan en mi mente, que podría ir de punta a punta con los ojos cerrados. Sé que cuando todos duermen, el único ruido que se oye es el del coche de los serenos en primera marcha perpetua.

También me percato del cambio de vida y ritmos entre su gente, veo cómo evolucionan y cómo los carritos de niños no desentonan entre las peñas.

Y cómo no… sé lo que es ir al Casino a pedir la propina y salir feliz gracias a la generosidad de mi abuelo. Y como no podía ser de otra manera, he experimentado lo que es ir a las piscinas al más puro estilo “Verano azul” por el camino verde.

He visto el amor y también el desamor, he discernido el sabor a fiesta interminable y cómo las combinaciones de colores imposibles se adueñan de su gente cuando llega el 14 de agosto. He compartido grandes conversaciones con vecinos y vecinas que tenían mucho que contar y vivencias que compartir con el mundo.

Conozco lo que es perder y espero algún día conocer lo que es ganar en Cantalejo.

Permítanme no conocer al vilorio y amarlo tanto. Permítanme sonreír cuando veo el cartel que da la bienvenida en cada entrada al pueblo. Permítanme conocer más a su gente. Permítanme ser briquera.

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