Cantalejo me sabe a ti
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Maria Valero 17 ABRIL 2017

Qué fantástico sentido el del gusto, ¿verdad? No han sido pocas las sobremesas en la oficina en las que el debate se ha centrado sobre qué sentido te dolería más perder, como pocos tampoco han sido los que han dicho que perder el sentido del gusto sería lo más cruel. ¿Estáis de acuerdo? Se abre el debate.

El gusto y el olfato son los sentidos que más evocan el recuerdo, relacionamos sabores y olores con lugares, experiencias y personas. Eso es innegable. Si pienso en Cantalejo, parece fácil decir que el olor y el gusto al asado de cordero es un auténtico ritual, un paseo por toda mi infancia y etapa adulta, una señal de celebración. Allí donde había algún festejo familiar, había un cordero lechal en una tartera de barro.

Pero Cantalejo me sabe a más cosas, me sabe a los hojaldres rellenos de aire glorioso y cubiertos de delicia que hacen en la Pastelería de la Iglesia. Me sabe a esos bollitos de aceite que mi abuela siempre tenía en casa y a los que yo me empeñaba en quitar el azúcar (inútil y osadamente). Cantalejo tiene gusto a bocadillo de pan de picos de ‘Imo’ con chorizo de Gomezserracín y queso que tan ricos le sabían a mi amiga María y que con tanta maestría le hacía su abuela Eli (pienso que se los sigue haciendo). El sabor por esos pinchos en el vermú, esas rabas que parecen venidas del océano más cercano hechas en El Frontón también son parte del sabor del pueblo.

Pero es que hasta los almuerzos organizados por las peñas durante las fiestas son un auténtico espectáculo de sabor en el paladar que me lleva a grandiosos momentos (bueno quizás aquí prime más el hambre que la calidad alimenticia, pero nos vale igual). Así como esos huevos duros en un encuadre de chiringuitos y verbena con la Ermita de Nuestra Señora del Pinar de fondo.

Esperad, no me echéis a los leones por promoción o publicidad gratuita, juro que no he sido sobornada con manjares de ningún tipo, tan solo evoco aquellos sabores que mi memoria retiene, sabiendo de buena tinta (“China”, venga, otra promo gratis) que cada uno tendrá sus preferencias y gustos por unos u otros, así como recuerdos distintos. Y yo os pregunto, ¿a qué os sabe Cantalejo?

Y si hablamos de gusto, obligación es hablar de olores, esos olores tan característicos del vilorio… Ese olor a purín en el momento más inesperado, el olor en invierno a chimenea a pleno rendimiento, ese olor a níscalos chisporroteando en la sartén, esos matices en el olfato cuando se produce la conjunción divina entre pinar y lluvia.

Olor y sabor, sabor y olor. La memoria se nutre de todo aquello que consigue conmovernos. Nos teletransporta a un momento, a una compañía, a un lugar, a la felicidad, a la más triste ingratitud… Y es que Cantalejo, su entorno, su gente y su vida nos (me) conmueve, y ojalá no deje nunca de hacerlo, ojalá nunca nos deje indiferente.

Yo seguiré deseando llegar a Cantalejo, oler a purín y saborear un buen cuarto trasero asado en sus mejores jugos y con la mejor compañía.

Me despido, el hambre que tengo me impide tecle….ar… n..ada…má..s…

Nota: en la realización de este post no murió ni fue maltratado ningún alimento.

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